Cuentan que Perséfone la Errante bajó a los infiernos por amor, buscando a Orfeo, a pesar de las lágrimas de su madre Deméter, quien regó con ellas los campos yermos. También Safo, la Décima Musa, o la Antígona de Sófocles son relatos que inspiran a dos mujeres, dos escritoras, dos poetas premiadas por su trabajo intelectual. En este extraño tiempo de pandemia, el Nobel lo obtiene Louise Glück y el Princesa de Asturias, Anne Carson. Con el de este año, se han entregado 113 premios Nobel de Literatura. De este más de centenar de galardonados, únicamente 16 han sido mujeres. En cuanto al Princesa de las Letras, sólo nueve mujeres han sido premiadas en sus cuarenta años de historia. Sean muy bienvenidos ambos premios, trascendentes y considerados tan importantes para el mundo de la cultura y la investigación. En ocasiones, discutibles en función de intereses políticos y, a veces, tan inexplicables como el otorgado hace cien años a Echegaray sin tener en cuenta a una escritora como Emilia Pardo Bazán o Benito Pérez Galdós, propuestos también en esa codiciada lista de salida. Claro que aún el discurso feminista era incipiente o sencillamente inexistente en las alturas intelectuales; lo que ahora llamamos techo de cristal era entonces más bien un techo de acero.

Afortunadamente, después de más de setenta años en la construcción continuada de un discurso feminista, la mujer está nombrada, ya, en todo el ámbito público; sin embargo, hay indicadores objetivos que muestran aún la desigualdad entre hombres y mujeres en cuanto a la representación o la cultura. No digamos en el ámbito de la poesía en el que es imprescindible la libertad intelectual, muy bien descrita por Virginia Wolf: “las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses”. Libertad muy ligada a la pobreza y a la ausencia de independencia material, es decir, a eso que ahora algunas mujeres llamamos empoderamiento y que, en Una habitación propia, deviene determinada por una precaria economía, causa de la falta de oportunidad para escribir poesía, de ahí la afirmación y la insistencia de Virginia Wolf en la importancia de que las mujeres dispongamos de, al menos, quinientas libras de renta y tener una habitación propia.

Género e identidad en cuestión

No se podría hacer ninguna consideración seria sobre “brecha” alguna si no se considerara un estudio pormenorizado de género, para así interpelar en su fondo constitutivo qué consecuencias polisémicas aporta a esa ruptura, a ese abismo en la literatura. Genos: todo comienza con el género. Sin generación no hay comienzo. Pero las múltiples significaciones del término no se agotan en el nacimiento, engendramiento, generación, genealogía…

Dejo, por el momento, el laberinto etimológico, no del todo, para mirar de cerca ese relato que se inicia en la consideración de un concepto inclasificable y que, a la vez, da paso a la capacidad de clasificar. Juego raro, este que dice, por sí mismo, que no hay una definición unívoca ni una pertenencia estricta ni al ámbito natural ni al ámbito histórico. Concepto equívoco y confuso que en el discurso feminista está dando paso a no pocas discusiones, no siempre pacíficas, no siempre incluyentes.

El género, entonces, se dice de muchas maneras, pero lo que interesa, aquí por ahora, es su capacidad histórica y ortodoxa a la hora de clasificar, considerando exclusivamente la naturaleza en la diferencia genital, entre género femenino y género masculino. Algo extraordinariamente problemático, como lo es toda clasificación binaria y reductora, ni más ni menos por el peligro de ensalzar uno de sus términos sobre el otro, que ha tenido ese resultado tan inamovible y, por otro lado, ciertamente tan eficaz en sus pretensiones, a la hora de silenciar y desvalorizar a la otra mitad de la ¿humanidad? en la historia y en la cultura: se llama, sin ambages, patriarcado. Ni qué decir del momento en el que se incluya en el debate lo neutro: a partir de una especie, no poco incómoda, que fija las diferencias y la pertenencia al mundo animal como la de género humano y su pretendida neutralidad. Es entonces cuando se hace agrio y, quizá, irreconciliable, únicamente solucionado por las líneas de fuga que lo desbordan en una considerable apertura a nuevos argumentos, como los que disputan el concepto de identidad. De toda identidad. Si se cuestiona la identidad de la mujer, es fácil llegar a la conclusión de que no somos lo que la historia ha dicho. No es asumible una materialidad que nos ha usurpado a las mujeres la posesión de la sensibilidad, de la razón, en definitiva, de la cultura y la capacidad de crear. No, no nos reconocemos en esas descripciones esencialistas que han recorrido la historia de la humanidad. Pero cuestionar conceptos como género o identidad no quiere decir que se nieguen, que se pase por alto su consideración, tal y como se desprende de algunos comentarios, a mi juicio, poco afortunados.

No, no nos reconocemos en esas descripciones esencialistas que han recorrido la historia de la humanidad. Pero cuestionar conceptos como género o identidad no quiere decir que se nieguen, que se pase por alto su consideración.

Tampoco se puede deducir de esa pretendida neutralidad el relato de las personas que no se consideran ni femeninas ni masculinas y no se sienten representadas en la clasificación binaria. Blanchot nombró lo neutro como una nueva manifestación de género: lo femenino deviene neutro y lo masculino en femenino y así, sin principio ni final. Historia esta, en la que es fácil reconocer la figura de la madre como generadora de vida y portadora del origen. Un tropo no ajeno a las dificultades que conlleva hablar de un origen ilegítimo para ciertos planteamientos de la filosofía. En la estructura del patriarcado es el lugar donde se sitúa gran parte del pensamiento filosófico occidental, desde Platón, pasando por Kant y Rousseau, a Freud o Nietzsche: la mujer es aquello opuesto a la verdad que es el hombre.

Este paréntesis de género en la cuestión de las mujeres y la literatura no es un abuso textual; ¿cómo se podrían separar, si no, los distintos géneros que componen la literatura sin sospecha alguna sobre el concepto de género? ¿No está clara su contaminación constitutiva, por ejemplo, en la prosa poética o en el relato que despliega un poema, cualquier poema? O ¿cómo ignorar la traslación de la naturaleza a la cultura en Louise Glück y Anne Carson? Esa traslación desde el determinismo biológico, el genos del género, donde las diferencias entre los seres humanos se situaban a partir de las diferencias genitales, se ha producido gracias al concepto género trasladando así la naturaleza al contexto sociopolítico y cultural. Su estudio en las diversas materias culturales es lo que ha desestabilizado por completo la pretendida inferioridad de la mujer y ha permitido a los distintos feminismos introducir la cuestión de la mujer como una nueva pedagogía social y política, libre de esencialismos anatómicos o sexuales.

La historia (falsamente) universal de la literatura

Interesa ahora saber de esa brecha tan nombrada en diferentes campos culturales y ahora, en este artículo concretamente, la brecha de género en literatura, como aquello que apunta a la desigualdad de un sistema opresor, el sistema capitalista y su aliado el patriarcado.

La apertura del género, desde hace décadas, a los estudios feministas funciona, de hecho y entre otras cosas, como herramienta esencial para pensar en la historia de esa desigualdad y de ese patriarcado. ¿Qué ha pasado a lo largo de la historia con la mitad de la población del mundo? ¿Escribieron las mujeres antes de que surgieran los movimientos feministas del último siglo y medio? ¿Reivindicaban derecho alguno a través de la escritura? ¿Poseían una habitación propia para aislarse del cuidado de niños, ancianos, enfermos, sencillamente de los trabajos hogareños, para escribir en soledad? ¿Hay otro relato histórico además del relato masculino? Preguntas a la historia de la literatura que permiten indagar en nuestro pasado silenciado y, sin duda, saber una serie de instancias para comprender nuestro presente en toda su amplitud; el revelar hechos ocultados y deshacer la opacidad de la historia de la literatura, por escasa que sea, supone cambios sustanciales para la sociedad. Por ejemplo, lo obsoleto de quedarse en las consideraciones biológicas y esencialistas, remitiendo a la naturaleza, ha servido para silenciar sistemáticamente a las mujeres por quienes han tenido el poder de hacerlo. No es este un asunto menor porque el recurso a tales argumentos, hoy en día, por algunos sectores conservadores, hay que desmontarlos remitiendo, las veces que sean necesarias a la historia, y hasta qué punto peligra la reivindicación de los derechos, porque la realidad que esconden es devolver la vida de las mujeres a lo privado, sacándolas de lo público.

Cuenta Virginia Wolf en Una habitación propia que todo un profesor de Oxford advertía a las mujeres que “cuando los niños dejen por completo de ser deseables, las mujeres dejarán del todo de ser necesarias”. A mí misma, en el primer año de facultad, y como respuesta a una pregunta en clase, me contestó el profesor que por qué no me quedaba en mi casa haciendo “bizcochos” en lugar de ir a molestar a la Universidad. Argumentos como estos, sumados a la consideración desde la filosofía y/o la ciencia, de la supuesta inferioridad femenina han sido muy útiles para considerar a la mujer dependiente del universo simbólico masculino y que fueran ellos los que explicaran nuestra propia identidad, prescindiendo del relato de las mujeres sobre sí mismas. Alicia Puleo cuenta también cómo Celia Amorós, en el Seminario «Feminismo e Ilustración» a finales del siglo xx, mostraba que nuestra tradición de pensamiento no sólo ha excluido a las mujeres, sino que ha formulado e implantado un discurso falsamente universal.

La ciudad de las damas como espacio político

Con este gender, la nueva herramienta, se va a indagar si hubo escritoras y qué pasó con ellas, antes del siglo XVIII (1). En la Edad Media, entre los siglos XIII y XIV, estaba extendido por toda Europa un profundo desprecio por el cuerpo femenino, fuente de enormes horrores, sólo salvables por la capacidad de procrear. Argumentos que implicaban la negación total de las capacidades morales e intelectuales de las mujeres. No pasaré por alto la extendida teoría de que a las mujeres les gustaba ser violadas. Teoría apoyada por Agustín de Hipona en su Ciudad de Dios.

¿Escribieron las mujeres antes de que surgieran los movimientos feministas del último siglo y medio? ¿Reivindicaban derecho alguno a través de la escritura? […] Preguntas a la historia de la literatura que permiten indagar en nuestro pasado silenciado.

En este contexto hostil surgieron voces femeninas como las beguinas, que llevaron los temas de la fe a lo individual y valoraron el cuerpo femenino, lo que les costó a muchas morir en la hoguera. Pero si hay que destacar a una escritora notable, y fuera de los conventos religiosos, es a Christine de Pizan, quien publica en 1405, ya casi en el Renacimiento, La ciudad de las damas donde recrea un universo femenino paralelo, en una ciudad con edificios y murallas protectoras para que los prejuicios de los hombres no pudieran entrar. Lo más notable de Christine de Pizan es la reivindicación de los derechos de la mujer, como el de ser independiente o dedicarse a las materias culturales que deseara. Se posicionó de lleno en el debate de su época con argumentos, tan pecaminosos, como la consideración de la educación igual para los niños y las niñas y acabar de una vez con la marginación del otro género, del segundo género, para que pudieran desarrollar sus capacidades intelectuales, porque no son inferiores. Una ciudad y un espacio para mujeres en soledad, para pensar y escribir, como la habitación propia de Virginia Wolf. Por descontado que no está en mi ánimo ignorar escritoras como Teresa de Ávila, María Zayas, Madame de Maintenon y alguna más. Lo novedoso e inaugural en la La ciudad de las damas es la reivindicación de un espacio político, exclusivamente para mujeres, con plena legalidad jurídica y en plena Edad Media, cuando existía incluso sobre su cabeza la amenaza de la hoguera. Christine de Pizan no quería que a las mujeres se les escapara la evolución de la civitas como el espacio de la ley que protege de la violencia.

Por último quiero hacer público mi agradecimiento a la tesis doctoral de Juana Isabel López Bernal y el trabajo de grado de Ruth Alonso Flores que han sido de gran ayuda.

(1) Conviene decir previamente que centrar este relato en la cultura occidental o europea no es un sesgo excluyente y, por supuesto, ni representativo ni extrapolable, en su mayoría, a las demás culturas, simplemente superaría el espacio y el alcance de este artículo.

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