Un joven con la cabeza rapada y con una camiseta blanca llena de esvásticas se pasea impasible ante decenas de personas en la Universidad de Florida. Le sigue un buen número de jóvenes, gritándole a poca distancia y exhibiendo carteles antirracistas. Un joven negro camina junto a él y le interpela: “¡Dime por qué me odias! ¡Dime por qué no te gusto!”. Este joven negro separa al neonazi de la multitud que lo rodeaba. Lo abraza. Alguien le había dado un golpe, y por la comisura de sus labios descendía una tímida gota de sangre. Randy, el joven neonazi, sonríe durante toda la escena. Otro joven negro, un activista antirracista, locutor de radio y DJ llamado Julius Long, lo sacó de allí.

Dentro de la Universidad de Florida se encontraba el líder supremacista blanco Richard Spencer dando una charla sobre libertad de expresión. Tan solo habían pasado dos meses del asesinato de Heather Heyer, una joven antifascista que se manifestaba en Charlottesville contra una concentración neonazi, y que fue atropellada junto a varios manifestantes por un ultraderechista. Trump, lejos de condenar aquellos hechos, afirmó que en ambas partes había “buenos chicos”, y culpó a ambos de la violencia. Una equidistancia que fue duramente criticada entonces, pero que en absoluto es nada nuevo, ni en los Estados Unidos ni en Europa, donde los discursos de ‘los extremos’ sitúan en el mismo plano a los racistas y a los antirracistas. A los nazis y a quienes los combaten. Pero al ser Trump quien lo hizo entonces, la crítica era fácil. Aquí, sin embargo, estamos ya acostumbrados. “Gracias, presidente Trump, por su honestidad y coraje al decir la verdad”, publicaría el ideólogo neonazi y ex líder del Ku Klux Klan, David Duke en su cuenta de Twitter.

Spencer y Trump poco tienen que ver con Randy, el joven nazi de patillas gruesas que se paseó entre manifestantes antirracistas. Spencer es un joven culto, con gran capacidad comunicativa y una retórica seductora. Dirige el National Policy Institute (NPI), un think tank del supremacismo blanco que trata de demostrar la tendencia al crimen de los hispanos y los negros y la superioridad racial de los blancos. Trump es el presidente de los EE UU. A Spencer se le atribuye el término Alt-Right (derecha alternativa), popularizado estos últimos años y que hace referencia a la ofensiva cultural de la extrema derecha en Norteamérica, que también se libra en el resto del planeta. Cuando Trump ganó las elecciones, Spencer celebró su victoria en la sede del NPI al grito de “¡Heil Trump!” y haciendo el saludo nazi.


Machismo



Y el meme salió rana

En su propagación, la nueva extrema derecha estadounidense forjada en internet ha empleado lenguajes, herramientas y conceptos que parecían coto privado de la izquierda. Un breve ensayo de Angela Nagle ofrece pistas para desentrañar este cambio de paradigma.

Randy ya no luce simbología nazi.  Es uno de los protagonistas del documental, que, a día de hoy, comparte conversación en el jardín de su casa en Idaho con otros antiguos militantes neonazis. “Yo tenía un alma”, dice ante la cámara mientras arruga la cara y se seca una lágrima. “No me gustaba quién era, e intenté quitarme la vida”, confiesa. Fue a partir de los sucesos de la Universidad de Florida que empezó su proceso para sanar su odio a los demás, y su odio hacia sí mismo. Y fue gracias a Julius, el DJ negro que lo sacó de entre la multitud, y que desde entonces, se convirtió en su amigo.

La historia de Randy se asemeja mucho a la del resto de protagonistas del documental.  Frank, de Filadelfia, entró en una banda neonazi con 13 años. A los 17 fue condenado por un secuestro y terminó en prisión. Jason también pasó por prisión cuando era joven, pero fue allí donde se fanatizó y se unió a los grupos neonazis, muy presentes dentro de los centros penitenciarios norteamericanos. Así lo explica Thomas, otro de los protagonistas, quien se unió a la Hermandad Aria una vez en prisión.

Todos ellos se han encontrado en Life After Hate (vida después del odio), una organización  fundada en 2011 tomando el nombre de la publicación de Arno Michaelis, un antiguo líder neonazi, quien emprendió un proceso para abandonar su militancia y reciclar su odio. Michaelis llegó a ser uno de los líderes del movimiento neonazi norteamericano durante los años 80 que proclamaba la Guerra Santa Racial (RAHOWA), además de liderar una banda de rock supremacista que tuvo notable éxito, llamada Centurion. Junto con Arno, Christian Picciolini, Angela King, Arno Michaelis, Tony McAleer, Frankie Meeink, y Sammy Rangel, todos ellos exmilitantes neonazis, decidieron unirse para ayudar a otras personas a salir del agujero del odio.

Hay un denominador común en la gran mayoría de todos ellos. Y responde en gran medida a las habituales explicaciones psicosociales sobre por qué un adolescente acaba en un grupo neonazi y hace del odio y la violencia su modo de vida. “Debemos considerar que el poder, al igual que la necesidad de pertenencia, comunidad y un propósito superior, es lo que impulsa a muchos de estos miembros de grupos de odio y sus líderes. Es compensatorio: se trata de reemplazar algo que muchos describen como un sentimiento de que han sido despojados. Como es famoso por decir el psicólogo James Gillian: ‘Toda violencia es un intento de reemplazar la vergüenza por la autoestima’”, señala el director Peter Hutchison a El Salto.

“Crecí en un hogar alcohólico donde la violencia emocional era la norma y cuando era un niño al que se le dijo que podía lograr cualquier cosa, reaccioné  atacando y lastimando a la gente. Comencé como el matón en el autobús escolar, y cuando estaba en la escuela secundaria, ya estaba cometiendo graves actos de vandalismo”, explica Michaelis en su blog.

Los demás protagonistas del documental tienen  historias similares, plagadas de abusos por parte de sus padres, de violencia en su infancia o de odio a uno mismo por no saber su lugar en el mundo. Algo que sí encontraron en los entornos neonazis, donde el simple y casual hecho de ser blanco ya les otorgaba un motivo para sentirse parte de algo. No solo eso, sino que, además, tendría la misión de salvaguardar ese privilegio combatiendo a quien pretendía arrebatárselo, es decir, los judíos, los negros y los hispanos, que según ellos, estaban tratando de arrinconar a los blancos en lo que ellos consideran su país. “Una vez que cavas ese agujero, no hay esperanza, a menos que sigas cavando más profundo”, confiesa Randy ante la cámara. Este tópico sobre el militante neonazi se cumple a menudo, pero no deja de ser la caricatura de algo que va mucho más allá.

Nudillos tatuados extrema derecha

Christian Picciolini, otro de los protagonistas del documental e impulsor de Life After Hate, ha escrito varios libros sobre su pasado en los movimientos neonazis. Exhibe una foto suya a las puertas de un campo de concentración haciendo el saludo nazi y vestido de skinhead. Fue, además, uno de los miembros más importantes los Hammerskins de Chicago, y lideró dos bandas de rock neonazi: Final Solution y White American Youth.

Hijo de migrantes italianos, entraría en contacto con grupos neonazis muy joven, a los 14 años. Clark Martell, un conocido neonazi de Chicago Area Skinheads, que le doblaba la edad, lo reclutó. “Era la primera vez que alguien me prestaba atención y me empoderaba de alguna manera”, confiesa. Empezó entonces a importar abundante música neonazi de Europa. «Esas letras hablaban de mi angustia por ser joven e invisible. De mis frustraciones, de intentar hacer algo o intentar progresar en mi vida. Esas letras, además, señalaban al ‘otro’, a los supuestos culpables de esos problemas”, es decir, judíos, comunistas, homosexuales, feministas y toda la larga lista de enemigos del fascismo.

Christian protagonizó varios episodios violentos que le hicieron replantearse en lo que se estaba convirtiendo, según confiesa en una entrevista reciente a la BBC. Permaneció en el grupo neonazi algunos años más, cada vez menos convencido, pero temeroso de abandonarlo: “Tenía miedo de volver a la nada que tenía antes. Tenía miedo de no valer nada. Y pensé que cuando estaba recibiendo esta atención y causando este nivel de miedo, estaba obteniendo respeto”.

Hoy, Christian es un conocido activista por los derechos humanos que utiliza su experiencia personal dentro de los grupos de odio para evitar que otros jóvenes caigan en ese pozo. Como el resto de protagonistas del documental, que demuestran que, además de prevenir, también es posible salir.  

 “Tenemos que operar bajo el supuesto de que nadie es irredimible, un tema importante en la película que espero se transmita claramente. Como nos muestran los hombres que comparten valientemente sus historias en Healing From Hate, si pueden atravesar y superar lo que han experimentado en sus vidas, cualquiera puede hacerlo”, afirma el director.

El documental nos muestra partes del proceso que viven sus protagonistas, que van desde largas charlas entre ellos hasta encuentros con sus víctimas. Pero también hace un repaso a los focos del odio, a esos discursos y esos líderes que nutren de argumentos y relatos esos infiernos. Pero lo más importante es que permite mirar a la cara, escuchar y empatizar con personas que quizás en otro tiempo nos hubieran apaleado. Entender cómo llegaron allí es imprescindible para llegar a la raíz del problema. Y ofrecer a todo el mundo herramientas para aprovechar una nueva oportunidad es también una manera de combatir el odio.

Sin embargo, resulta mucho más difícil neutralizar a quienes viven del odio que a quienes lo ejecutan. Casualmente, aquellos que se dedican a infectar de prejuicios a una sociedad sumida en el individualismo, en el consumismo y en la precariedad, nunca se calzan las botas de punta de acero ni se dedican a ir a cazar inmigrantes. Estos promotores del odio, tanto en EE UU como en el resto del mundo, suelen pregonarlo sin mancharse las manos. “Los datos, por supuesto, no pueden corroborar las afirmaciones xenófobas y la propaganda del miedo de Trump, y cada vez está más claro que el terrorismo ultraderechista es hoy una gran amenaza para nuestra seguridad colectiva”, remarca el director, que en su documental recuerda los últimos atentados de la extrema derecha que han causado cientos de víctimas estos últimos años en todo el planeta. De hecho, las agencias de seguridad de varios países ya alertan insistentemente sobre esta amenaza, cuya violencia se ha incrementado en un 320% en cinco años.

Se puede sanar el odio, y se debe invertir todo esfuerzo necesario para ello. Pero también se debe ir al origen, a la cepa. “No significa que debamos aceptar o tolerar la retórica o las acciones de odio, ni que no debamos responsabilizar a estas personas. Pero también debemos comprender las raíces del odio, si lo queremos es prevenir su propagación y sanar al individuo. Y así, también a la sociedad”.

Sanando el odio: la batalla por el alma de una nación

El documental se puede ver aquí desde las 21:00 del 11 de diciembre a las 21:00 del 12 de diciembre.

 

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